Capítulo 1. El día que robamos el coche

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septiembre 1, 2017 11:28 am Publicado por Deja tus comentarios

Era un día de invierno frío y con mucho viento. El coche llevaba un par de años parado en el aparcamiento exterior de una urbanización, probablemente hubiese desaparecido si no hubiese mostrado interés en él. El desguace, antes o después, parecía su destino.

Sabía que poco tiempo antes de quedarse parado, el coche pasó por el mecánico, se le había hecho una puesta a punto, reparación de la bomba de dirección, se le había puesto embrague y volante motor nuevo… A mis oídos inexpertos en mecánica sonaba a que el coche lo habían dejado como nuevo.

Vamos a ver el coche con la llave en la mano. Ya no hay luz excepto un pequeño foco bastante alejado. Se encuentra aparcado junto a otros muchos coches, pero en un lugar especial donde estaba más seguro frente a golpes de puertas o porrazos. Es momento de abrirlo, arrancarlo y escuchar su motor, verificar líquidos y pensar en la ITV.

Iba acompañado de mis dos hermanos, el coche lo habían tenido ellos estos últimos años. Uno de ellos mete la llave en la puerta del conductor y parece que gira pero no abre el cierre… Qué no cunda el pánico. Tenemos otra cerradura en la puerta del acompañante, ellos ya sabían que la del conductor a veces fallaba. En el peor de los casos podíamos entrar por el maletero.

Tranquilamente dio la vuelta al coche y pasó a la puerta del acompañante… estaba bloqueada, ni giraba la llave. Ya llevábamos las capuchas puestas, no era época de tanto frío pero ese día estábamos congelados.

Vamos al maletero, nuestra última oportunidad. El coche tiene cierre centralizado, por lo que abriendo cualquier cerradura se abrirán todas. Solo hacía un par de minutos que estábamos en la calle y ya estábamos helados, el coche sería buen refugio. Metemos la llave. ¡La cerradura del maletero sí que funciona! Pero… no funciona el cierre centralizado.

Estamos sin batería, era lo más lógico, el coche lleva un par de años parado, pero no se nos había pasado por la cabeza. Para cambiar la batería tenemos que abrir el capó, para eso hay que abrir el coche, es la pescadilla que se muerde la cola.

Todavía somos jóvenes y ágiles, podemos meternos en el habitáculo cruzando los asientos traseros a través del maletero, alguna manera habrá. El maletero estaba lleno de basura, tenía tres ruedas de repuesto, una caja llena de trastos, parasoles, alfombrillas, toallas, limpiaparabrisas viejos… lo vaciamos todo y nos disponemos a buscar alguna palanca lo más al fondo posible para reclinar los asientos traseros.

Subirse al maletero no es fácil, es muy grande, pero su acceso es bastante complicado. El coche estaba aparcado bajo 3 edificios de 11 plantas cada uno, cientos de ventanas tenían una visión excelente de todo lo que hacíamos. De vez en cuando mirábamos arriba sintiéndonos observados por la multitud de ventanas con la luz encendida. Uno de mis hermanos da un salto apoyado en las ruedas que ya andaban por el suelo y se mete no tan cómodo como parecía por el tamaño del maletero. Nos dice desde dentro: “Es imposible, todo es chapa soldada”. Me doy cuenta de que mi desconocimiento de este modelo es total.

No nos queda otra que robar nuestro propio coche. Los tres somos mañosos, el maletero estaba lleno de trastos, algo nos serviría como herramienta para poder abrir el coche. Ni se nos ocurrió llamar a la grúa, no es nuestro estilo.

Los pestillos o pitorros de cierre son bastante grandes, más anchos por la parte superior. Al momento se nos ocurrió que podíamos introducir un cordón con un nudo, que al tirar se apretase y poder subir un pestillo. Incluso hacer pequeños nudos con las manos entumecidas era complicado, los tres no dejábamos de temblar. Había visto muchos videos en internet donde tiran del marco de la puerta y esta se dobla dejando suficiente hueco para meter el brazo, nosotros solo necesitábamos el espacio para meter un pequeño cordón, no tenía que ser difícil.

Somos tres, seis manos sobran para iluminar con el móvil, abrir el hueco, introducir un cordón, tirar de él. Ya es bastante sospechoso ver a tres tíos con capuchas puestas rondar un coche durante media hora probando todas sus cerraduras sin éxito, imagina verlos tirando del marco de la puerta. Ya nos estábamos pensando en la historia que le tendríamos que contar a la policía si pasaba por allí.

El coche, a pesar de tener casi 30 años parece mucho más rígido que mi coche habitual, era imposible separar ni un poco el marco de la puerta. En el maletero había unos limpiaparabrisas viejos hechos con unas láminas de metal, eran perfectos, flexibles y con una muesca en la punta para poder enganchar el cordón. Uno de nosotros abre el hueco, el otro mete la lámina de metal y el último controla la tensión del nudo.

Probamos y probamos repetidas veces, no era tan sencillo, solo introducir la lámina sin romper gomas o rozar la chapa era difícil. A veces entraba la lámina sin la cuerda, otras muchas se escapaba por el camino. Cuando conseguíamos enlazar el pitorro del pestillo siempre se escapaba, faltaba tensión del nudo. El frío no ayudaba nada, nuestras manos pálidas ya estaban faltas de tacto.

Después de muchos intentos, nuestros movimientos estaban totalmente coordinados. Normalmente no nos hacen falta palabras para realizar tareas juntos, el silencio solo era interrumpido por el viento.

Conseguimos enlazar el pestillo en muchas ocasiones, pero siempre se escapaba. En una de ellas y sin darnos cuenta, un movimiento ágil de uno de mis hermanos encargado del cordón hizo que se moviese el pestillo sonando un “clack” tan sordo que realmente no sabía si se había roto o se había abierto.

¡Lo logramos! Si teníamos espectadores con el teléfono en la mano a punto de llamar a la policía, en ese momento lo soltaron al escuchar nuestros gritos de alegría y choques de pecho. Ningún ladrón expresaría tanto su entusiasmo al robar un coche. Ya no hacía frío, la sangre nos hervía.

 

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Esta entrada fue escrita por Duarte

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